La enfermedad ¿es posible no sufrir?

La salud y la enfermedad han sobrevivido en nuestra cultura occidental como dos polos opuestos, condiciones que podemos encasillar en bien o mal, lindo o feo. Perdemos de vista a menudo el hecho de que en la vida como parte de la naturaleza, todo es cíclico (la sequía y el monzón, el invierno y el verano, ect.)
En muchos casos una situación de enfermedad nos confronta con situaciones que necesitamos para crecer, claro que siempre nace la pregunta de rigor ¿por qué a mí? O ¿por qué de esta manera?. Nos concentramos tanto en los problemas que devienen de un situación de enfermedad que no podemos ver más allá ni planificar el futuro.
Cierto es que en muchas enfermedades, el futuro es un vacío repleto de incertidumbres, sobre todo en enfermedades terminales, pero aun así somos conscientes de elegir cómo vivir, si reír o llorar, si sufrir o disfrutar lo que tenemos para ser felices.

No hay situación alguna en el mundo que prive a una persona de todo. Siempre hay cuestiones que podemos disfrutar, ya sean afectos, música, colores, paisajes, libros, chistes. Nuestra actitud nos permitirá asumir el dolor desde dos ópticas, la primera potenciando lo que hemos perdido, la segunda valorando lo que tenemos.
Cuando nos arraigamos a ver lo que estamos perdiendo, indudablemente nos tomamos del lado destructivo de cada uno de nosotros, desde la carencia no nace nada. Pero cuando nos plantamos en el plano de las cosas que tenemos y podemos disfrutar, estamos tomando nuestro aspecto de abundancia, y desde donde todo puede nacer o construirse.

La espiritualidad, o la fe, son en muchos casos herramientas que se utilizan para abandonar ciertos sentimientos negativos que nos visitan en situaciones como la enfermedad, pero solo depende de lo que nosotros estemos dispuestos a vivir segundo por segundo, y que dará un resultado positivo o negativo al final del día.

Un ejemplo claro, es el del hombre que salí de su trabajo y pasó a comprar dulces para sus hijos en una ciudad como en la que vives tú o la vivo yo. Cuando acabó de comprar salió caminando a su casa que estaba a un kilómetro aproximadamente, pero a mitad de camino un hombre quiso robarle a otro y disparó con un arma de fuego, con tanta coincidencia que dio en el tórax de este buen hombre. Al llegar la ambulancia, el hombre ya casi no tenía fuerzas para respirar y estaba ahogándose debido a las lesiones recibidas. Por protocolo uno de los paramédicos le pregunta ¿me puede decir su nombre? ¿Sabe lo que sucedió?, y con mucho esfuerzo el hombre responde casi sin aliento. Seguidamente otro profesional médico le anuncia “nos dirigimos al hospital, ¿puede decirnos si sufre de alguna afección o si es alérgico a la anestesia o algún medicamente?”. El paciente convaleciente y lleno de escalofríos y dolor responde: “si, soy alérgico a las balas”. El equipo médico comenzó a reír y el hombre dibujo una sonrisa con algo de dolor. Al llegar al hospital el equipo de emergencias le cuenta la anécdota a los otros profesionales e instantáneamente las enfermeras y médicos entablaron una mejor relación hacia el paciente, ya que sabían que el hombre estaba enfocado en seguir riendo y todo a su alrededor trabajaba en ello, incluso la voluntad, predisposición y simpatía de los médicos y personal hospitalario.
Recuérdate, aunque creas necesario sufrir, puedes elegir cómo vivir y qué sentir en ti mismo y en tu entorno.

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